¿Quién teme a las víctimas del terrorismo en el País Vasco?

En el País Vasco, las víctimas del terrorismo no solamente tienen que padecer sus pérdidas familiares en soledad, sino que, además, deben soportar, día tras día, la victimización añadida de quienes, instalados en la ignominia más profunda, no tienen escrúpulos en comprender, justificar, alabar y jalear los asesinatos más viles y crueles.

Solamente desde hace algunos años, las víctimas del terrorismo en el País Vasco han comenzado a expresar públicamente sus demandas materiales y éticas, su aspiración de Justicia y su necesidad de releer nuestra historia más reciente con el fin de defender el buen nombre y la dignidad de todos sus familiares asesinados por defender la democracia y la libertad. Y, a pesar de lo que piensan demasiados agentes sociales, especialmente nacionalistas, que acusan a las víctimas de estar manipuladas políticamente, resulta francamente complicado encontrar entre las víctimas del terrorismo algún pronunciamiento político que vaya más allá del ámbito que les afecta directamente. ¿Acaso no podían posicionarse las víctimas del terrorismo frente a un Gobierno, como el anterior Ejecutivo, que estaba sustentado por quienes jamás han condenado un atentado de ETA?, ¿No podían negarse las víctimas a reconocer a un Lehendakari, como Juan José Ibarretxe, que lo fue con los votos de quienes comprenden, alaban y jalean el asesinato de sus familiares?, ¿Qué interés político puede hallarse en esos posicionamientos de las víctimas del terrorismo?
Es imposible sostener con cierta solidez argumental, como lo hacen lemasiados nacionalistas vascos, que las víctimas del terrorismo intervienen en el juego político con fines espurios. Pero, faltaría más, éstas tienen voz para expresar cuáles son sus necesidades, materiales, sociales y éticas, y para transmitir a los ciudadanos cuál debería ser, en su opinión, la sociedad que todos necesitamos. Las víctimas, por el hecho de serlo, presentan unas necesidades fundamentales que, además de materiales, son de Justicia reparadora y de recuperación, sin manipulaciones, de su memoria histórica. Estas reclamaciones de las víctimas han de tener una prioridad fundamental porque en ellas se agazapa el testimonio palpable del drama que vivimos en el País Vasco y en el resto de España y porque, como conocedoras directas del horror que se encierra detrás de cada crimen, las víctimas son los referentes sociales más indicados para poner de manifiesto toda la crueldad ética que se encierra detrás de cada atentado. Además, la sociedad vasca jamás podrá regenerarse moralmente si antes no reconoce el daño causado a miles de víctimas del terrorismo directas e indirectas, sin pedir a éstas explícitamente perdón por los muchos años de abandono y desprecio a los que han sido sometidas y sin reconocer que detrás del rostro dolorido de cada viuda, de cada madre a la que le han arrebatado un hijo, se encuentra el fracaso de toda una colectividad que ha pasado demasiado tiempo callando, ocultando y haciendo oídos sordos ante el horror totalitario tejido, principalmente, por ETA y sus cómplices.
Querer encerrar a las víctimas del terrorismo, como desean algunos, en una jaula donde han de ser acalladas con tardías ayudas asistenciales, con apoyos compasivos o con comprensivos lamentos, es un profundo error que, desde luego, nada tiene que ver con la imagen de entereza, de dignidad ética, de lucidez y de serenidad que han dado las propias víctimas durante varias décadas de barbarie terrorista. Pero es que, además, intentar silenciar a las víctimas, en los colegios, en las calles, en el Parlamento o en cualquier otro lugar, por su presunta falta de buen juicio, es enmudecer a una parte importantísima de la sociedad vasca que, aún hoy, se encuentra profundamente victimizada por su absoluta incapacidad para hablar, escribir, opinar, pensar o debatir, para vivir en general, sin miedo, sin ira o sin dolor. Desde luego, no podrán hacer política, por ejemplo, los ciudadanos no nacionalistas o los intelectuales, los empresarios o los periodistas no afines al mundo nacionalista y, por lo tanto, víctimas preferentes de la barbarie etarra. ¿Habrá que dejar, entonces, el rumbo de nuestra sociedad en manos de los adláteres de los verdugos o en poder de los comprensivos con el horror? A estas alturas, y sin ningún género de dudas, ellos son, tras varias décadas de inmersión en la atrocidad del terrorismo, los únicos vascos no mediatizados por el dolor ni marcados por la ausencia impuesta y definitiva de sus seres queridos.

Necesidad de justicia

Ninguna ley de los hombres tiene capacidad para devolver a la vida al casi millar de víctimas provocadas por la barbarie terrorista y, por ello, los familiares de las víctimas del terrorismo no demandan una justicia restitutiva que, por ejemplo, sí puede reclamar alguien que ha sido víctima de un robo. Pero, la imposibilidad de que exista una justicia restitutiva no exime, de ninguna manera, tal y como en ocasiones parece entenderse, por ejemplo, de algunas declaraciones de Jesús Eguiguren, de la demanda de una justicia reparadora. Los ordenamientos jurídicos internacionales se asientan sobre dicha exigencia y su no cumplimiento abre el camino hacia la impunidad de los delitos. Los nacionalistas fanatizados y la izquierda ideológicamente pervertida que afirman que no se puede hacer Justicia en el País Vasco, que hay que hacer tabla rasa y que hay que buscar la "reconciliación" de la sociedad, están aceptando que el terrroismo de ETA es una especie de desgracia divina, no provocada por nadie, no sujeta a ninguna medida de corrección y libre de castigo, que las víctimas directas e indirectas han de soportar sin ninguna posibilidad de alivio. La justicia, la justicia reparadora, que nada tiene que ver con el odio y es sinónimo de ejemplaridad democrática y de probidad moral, es la principal petición de las víctimas del terrorismo. Y, además, esta demanda es expresada por ellas mismas, individualmente o a través de sus asociaciones, con la enorme legitimidad que les otorga el hecho de que, en España, jamás se ha producido un sólo acto de venganza llevado a cabo por una víctima del terror totalitario de ETA.
Hay despreciables intelectuales, políticos y agentes sociales en el País Vasco que, desde posicionamientos políticos nacionalistas o presuntamente progresistas, sugieren públicamente que los familiares de las víctimas del terrorismo se están beneficiando del asesinato de sus maridos, de sus hijos o de sus amigos. El propio Iñigo Urkullu, hoy presidente del PNV, señaló hace algunos años que las víctimas del terrorismo vascas se "autodenominan víctimas", mientras este mismo personaje definía a los etarras encarcelados como "ciudadanos y ciudadanas vascas privados de libertad". Esto es una afrenta a la decencia y la dignidad que solamente puede producir rechazo y repulsión, pero, además, nos lleva a una nueva cuestión, quizás, más importante: ¿a quién favorece minimizar, desprestigiar, acallar y mancillar a las víctimas del terrorismo? ¿No será que éstas molestan a los asesinos porque les colocan frente a su atrocidad, que estorban a los cómplices de los criminales porque les evocan su perversa colaboración con la brutalidad y que cohíben a muchos vascos que, a través de todo tipo de acuerdos infames con los criminales, se abrazaron a los verdugos?

Referentes éticos

Uno de los elementos que más ha contribuido a que la lacra terrorista se haya perpetuado en el País Vasco y en España a lo largo de más de cuarenta años ha sido el hecho de que, durante todo este tiempo, gran parte de la sociedad vasca ha interiorizado que el recurso al asesinato, al chantaje, a la amenaza o la extorsión, es algo que, aunque reprobable e imposible de compartir, puede ser comprensible, dada la existencia de un presunto y falsario "conflicto político'" que, al parecer, no puede ser solucionado por vías exclusivamente democráticas. De hecho, casi el 20% de los jóvenes vascos sigue pensando de esta manera.
Perversas razones de interés político nacionalista, progresismos impostados que han alimentado la falsa creencia de que todas las ideas pueden ser dichas en libertad (incluso las que exigen más tiros en la nuca) y una asombrosa dejación de las instituciones en su responsabilidad de hacer cumplir la legalidad democrática, han alimentado esta atrocidad y han permitido la obscenidad suprema de que el punto de vista que, durante décadas, ha primado en Euskadi a la hora de analizar la realidad socio-política fuera el de los verdugos, y nunca el de sus víctimas.
De este modo, varias generaciones de vascos han sabido la vida y milagros de cientos de terroristas, han conocido todo tipo de estrategias "militares" utilizadas por los asesinos para cometer sus desmanes, han visto cómo se convertía en héroes a individuos con decenas de crímenes a sus espaldas y han escuchado cómo, fundamentalmente desde el ámbito nacionalista, se prestaba mucha más atención a un comunicado de la banda terrorista a ETA que, por ejemplo, a los análisis y demandas de quienes se alineaban al lado de la legalidad democrática.
El predominio absoluto de la mirada del verdugo sobre la vida cotidiana del País Vasco ha sido constante y devastador y, aún hoy, continúa siendo una de las grandes lacras contra las que ha de luchar una sociedad demasiado narcotizada frente a la barbarie, ensimismada, a pesar de la crisis, en su evidente riqueza material y rápidamente dispuesta a olvidar que ante sus silencios y omisiones se han cometido algunos de los atentados más graves contra los derechos humanos que se han producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Esta situación bárbara, mantenida en el tiempo, alimentada con entusiasmo y multiplicada exponencialmente por el desinterés de algunos, el desistimiento de otros y el miedo de muchos, ha provocado, por supuesto, la marginación radical y el abandono más absoluto de las víctimas del terrorismo, pero, además, ha dado luz a una geografía fantasmal donde la defensa y la protección de los derechos básicos de las personas se ha considerado como algo anecdótico que podía someterse a intereses más importantes y espurios, como la construcción de una presunta nación fantasmal.
Frente a la mirada orweliana de los verdugos, que llegó a su grado máximo de expansión en 1998 con la firma nacionalista del Pacto de Estella, las víctimas del terrorismo, con el convencimiento de que es imposible alcanzar la paz sobre el olvido de lo padecido, sobre la injusticia y la impunidad, se han convertido hoy en el único antídoto válido para superar el cáncer moral que el terrorismo ha extendido por todos los rincones de la sociedad vasca. Y esta ejemplaridad de la voz de las víctimas, que es la que ha de estar presente en las escuelas, se asienta sobre varias razones.
En primer lugar, porque las propias víctimas, en condiciones profundamente dramáticas, han dado un ejemplo modélico de respeto al sistema democrático, de lucha por la justicia, de renuncia a la venganza, de repulsa a cualquier método violento para terminar con ETA y de trabajo firme por mantener la verdad de lo sucedido a pesar de los muchos intentos que en este país se han hecho por manipular tanto las historias particulares de muchos asesinados por ETA como la propia historia colectiva de todos los vascos.
Además, los familiares de las víctimas del terrorismo conocen mejor que nadie toda la atrocidad, el dolor, el drama y las consecuencias que se derivan de cada atentado criminal. Las víctimas acumulan en sus múltiples, ocultas y trágicas historias, toda la infamia que se ha vertido en este país y, por ello, poseen una absoluta autoridad para desmontar, ante los estudiantes vascos, por ejemplo, despropósitos ideológicos que, aún hoy, tratan de legitimar las mayores aberraciones terroristas.
Finalmente, las víctimas del terrorismo son las únicas que pueden liderar el proceso que lleve a buena parte de la sociedad vasca a observar su punzante y triste realidad desde el punto de vista de quien la sufre y no de quien la provoca, desde la mirada del que muere y no del que mata y desde el prisma de quienes, en muchos casos, han dado lo mejor de sí mismos para defender la libertad de todos.
Sin lugar a dudas, seguirá habiendo voces que clamen por el enmudecimiento de las víctimas , pero, a estas alturas de la infamia vasca, habrá que pensar si estas exigencias de silencio no esconden, en el fondo, un miedo profundo a que la palabra de las víctimas descubra, en última instancia y en toda su rotundidad, el enorme grado de envilecimiento de tantos cómplices comprensivos con el horror como la sociedad vasca ha producido durante cuatro largas décadas de inclemencia y crueldad terrrorista.

Autor: Raúl González Zorrilla
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