Homenaje al gran Mingote



Última actualización 04/06/2012@16:30:29 GMT+1
Artículo de opinión y homenaje del subdirector de Benemérita al Día al recientemente fallecido Antonio Mingote, socio de Honor del Círculo Ahumada y Cruz de Plata de la Orden del Mérito de la Guardia Civil.
*César Román es el subdirector de Benemérita al Día.
*Por César Román
Conocí a Antonio Mingote en una comida hace años en el Club Financiero Inmobiliario Génova, en la azotea del edificio de la Cafetería Riofrío. Recuerdo que me lo presentó el maitre y amigo Antonio de la Rosa, que hacía las veces de presidente del comité de empresa del club, de camarero y de casi anfitrión de algunos de los que frecuentábamos el Club, desde cuyo restaurante se tienen unas de las mejores vistas de Madrid, comenzando por la aledaña plaza de Colón, hoy coronada por la bandera nacional de todos los españoles. Durante la comida, que había sido organizada por el periodista y también amigo Antonio De Olano, y en la compartimos mantel con varios amigos más como Alfonso Ussía y que por aquel entonces creo que era algo así como el vicepresidente del Club fundado años antes por Garrigues Walker, Antonio y yo nos liamos a conversar largamente sobre una pasión conjunta: la Guardia Civil. Años más tarde, cuando ingresé en la directiva del Círculo Ahumada, me encontré con mucho agrado con que mi también amigo Antonio Mancera le había nombrado en una cena en Torres Bermejas Socio de Honor del Círculo Ahumada. Nadie mejor que él para tal honor.
Recuerdo, ahora con añoranza, esa y otras muchas conversaciones que mantuvimos. Me encantaba desayunar de vez en cuando con él en la cafetería del Hotel Colón, cerca de su casa. A Antonio Mingote no le interesaban especialmente los fajines de la Benemérita, ni los grandes fastos, ni los que muchas veces andan pintándola en la Guardia Civil, ni siquiera especialmente los desfiles, pese a sus siempre presentes y fuertes vínculos con la milicia. A Mingote lo que le interesaba y por lo que mostraba su gratitud siempre que podía, era por el trabajo callado y abnegado de esos guardias civiles anónimos, dispuestos a dar su vida, por garantizar nuestra seguridad, nuestra libertad y siempre prestos al sacrificio en todo tipo de calamidades. En sus viñetas, así lo reflejó, donde siempre dejó clara su predilección por los guardias anónimos de a pié, esos que no salen en los titulares, pero sin los cuales usted y yo no viviríamos tan tranquilamente como lo hacemos. Ellos eran y son la Guardia Civil, porque los directores generales, los políticos, o las asociaciones, pasan, van y vienen, son compañeros de viaje temporales, pero lo que perdura y hace historia con mayúsculas, es ese sacrificio anónimo, que tanto llamaba la atención a Mingote y que tan bien reflejó en sus viñetas, y en las que decía más con un dibujo, que en páginas enteras escritas por las mejores plumas de nuestra nación. Ahí queda para los restos, esa gran portada de ABC con ese guardia civil sacrificándose durante unas inundaciones en mi tierra, Vascongadas.
Como el gran español que era Mingote siempre demostró un especial cariño y una especial devoción por lo que sucedía en Vascongadas, esa tierra tan vinculada a la génesis de la nación española tal y como lo demostraron los señores de la españolísima Vizcaya, y cuyo mejor exponente sea quizás, el de Lopez de Haro hace ya 800 años en las Navas de Tolosa, y que tan magníficamente ha rememorado en su último libro, ese otro hijo de guardia civil que es Enrique de Diego. Mingote siempre tuvo presente la gran labor de la Guardia Civil en la tarea de la lucha contra el terrorismo y siempre defendió a los miembros de la Benemérita. Cuando muchos políticos y abrazafarolas tertulianos callaban o miraban para otro lado, para no ser políticamente incorrectos o salirse del guión y dejaban de defender la labor de nuestros ángeles de verde, ahí, en ese momento, era cuando aparecía el genio de Antonio Mingote, para con un par de redaños, defender a nuestros hombres. Eran años difíciles, en los que las acusaciones contra el cuerpo eran muchas, y las defensas, casi ningunas, y entre las pocas, destacaba, con voz propia, con sentido común y con mucho valor, la de las viñetas de Mingote. No le tembló la mano, en la defensa del cuerpo, y eso demuestra que era un hombre de principios, y no de esos que abandonan los principios, no sea que les señalen con el dedo, o pierdan el silloncito en la cámara. Mingote no era de esos.
Ahora el gran Mingote, se nos ha ido. Se ha marchado, allá a los luceros, uno de los más grandes. Quedamos huérfanos de ese privilegiado pincel, de esa claridad de ideas, de esa defensa sólida y consciente de esos principios, de esa atalaya. Que Dios tenga en su gloria al mejor amigo de los guardias civiles anónimos, al mejor defensor del tricornio y el capote, el gran e irrepetible, Antonio Mingote.